sábado, 15 de agosto de 2015

El pequeño desánimo de cada día

Hay gente g********* suelta por ahí. Puedes encerrarte en casa y no salir, puedes pasar los días en tu propio mundo, pero tarde o temprano, y por cualquier circunstancia, tendrás que establecer contacto, en mayor o menor medida, con el exterior. Con el horrible y hostil mundo de fuera. Esto ha sido siempre así, pero con el paso del tiempo ha ido a peor. Ahora ya ni siquiera tienes que poner un pie en la calle. Cinco minutos en Internet, y toda tu vida se tambalea. En Internet es incluso peor que en la calle, porque la gente g********* de la que hablaba al principio se ve protegida por el anonimato, y no hay una sola palabra que no se atreva a escupirte en la cara. Y encima con faltas de ortografía. Y tú te dices a ti misma que no pasa nada, que gente g********* hay en todas partes, y que semejantes especímenes no pueden ofenderte porque son infinitamente inferiores a ti. No porque hayan nacido así, sino porque ellos han escogido serlo. Y sólo esa mala elección ya basta como insulto para sí mismos. Pero aun así hay algo en ti que te empuja a intentar abrirles los ojos y la mente, porque, aunque no vayan a cambiar su forma de pensar, pueden notar que te han ofendido y de esa forma les brindas la oportunidad de pedirte disculpas, como pasó con cierto compañero, que "no sabía que me estaba ofendiendo". Pero eso sólo empeora las cosas, y al final acabas como yo ahora: ofendida, insultada, menospreciada, encerrada, enfadada, triste y comiéndome media tableta de chocolate.

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