jueves, 31 de marzo de 2016

La Metamorfosis

Hace poco leímos La Metamorfosis de Kafka en Literatura Universal. Como trabajo para Semana Santa (o vacaciones de primavera) tuvimos que escribir nosotrxs nuestra propia metamorfosis. Y yo, incapaz de alejar mi mente de los siempre presentes puntos flacos de la sociedad en la que vivo, escribí esto.


Cuando Gerardo de Diego Montoya abrió los ojos, tras aquella noche de la que él no conservaba recuerdo alguno, no notó nada fuera de lo común. A pesar de haber dormido más de diez horas y de haber ignorado el despertador que había sonado hacía cuatro – durante hora y media y a máximo volumen –, seguía teniendo sueño. Como siempre desde hacía quince años.

Aunque había conseguido separar los párpados después de menos intentos que otras veces, las pestañas de arriba se le pegaban con las de abajo y no era capaz de enfocar bien la vista. Además, tenía la boca reseca por haber dormido con ella abierta. Un rastro de saliva cruzaba su mejilla izquierda desde la comisura del labio hasta el borde de la mandíbula.

Con un leve mareo causa de haber dormido demasiado, se levantó de la cama con el único fin de vaciar la vejiga y avanzó con pasos de zombi hacia el cuarto de baño. Quizá debido al atontamiento mañanero, Gerardo no percibió la repentina ligereza de su cuerpo, ni el peso del pecho, ni ninguno de los cambios físicos que presentaba con respecto a la noche anterior.

Entrando en el baño pudo haberse dado cuenta al reflejarse en el enorme espejo que ocupaba gran parte de la pared, pero en aquel momento su vista no era demasiado buena y lo único en que pensaba era en llegar deprisa al retrete. También podría haber llegado a la conclusión de que algo fallaba cuando intentase orinar de pie, pero por casualidades de la vida le fue necesario sentarse.

Y pese a que cualquier otra persona capaz de continuar ignorante hasta ese momento habría notado al fin el problema llegado el punto de usar el papel higiénico, Gerardo tenía por costumbre permanecer ajeno a todo lo que lo rodeaba, aunque le afectara directamente. Tampoco era demasiado propenso a hacer ninguna clase de esfuerzo mental nada más levantarse de la cama.

Sin embargo, cuando se plantó frente al lavabo, le pareció que su reflejo tenía un contorno un tanto peculiar, pero le quitó importancia achacándolo a un efecto óptico provocado por la deslumbrante luz de la bombilla en sus ojos legañosos. Esa hipótesis perdió todo fundamento después de lavarse la cara a conciencia y ver con total claridad a la versión femenina de sí mismo devolviéndole la mirada desde el espejo.

Gerardo y su reflejo pasaron unos cuantos segundos, o quizá más de un minuto, mirándose fijamente sin inmutarse. Gerardo no acababa de entender la situación. Era consciente de que se estaba observando a sí mismo, pero al mismo tiempo le parecía estar frente a otra persona. Movió un brazo, cambió la cara, e hizo algunos otros gestos que su reflejo imitaba sólo para convencerse de que era él de verdad. Pero ya lo sabía.

Lo primero que pasó por su mente no fue “¿Por qué?”, pregunta que la mayoría de la gente se haría en esas circunstancias, sino el hecho de que necesitaría un nombre nuevo. Y no sólo eso, tendría que cambiar todos los documentos que estaban a su nombre. Y decírselo a sus padres. Y a su hermana. Y a sus abuelos. Sabía que a su abuelo le haría mucha gracia su nueva condición.

Continuó mirándose en el espejo un poco más. Ya no trataba de asimilarlo, ahora examinaba con atención, todavía forzando los ojos un poco, sus nuevos rasgos. Era obvio que ella era él. Seguía teniendo los mismos ojos oscuros, uno algo bizco; la misma nariz de su padre, aunque tal vez un poco más pequeña; las pecas heredadas de su bisabuela – que salpicaban no sólo la cara sino también brazos y piernas – y el pelo cobrizo de su familia paterna. Había hecho bien en no cortárselo; la media melena le quedaba mejor en ese momento que antes.

Dejó cierto espacio entre él y el lavabo para poder observar más superficie de su cuerpo nuevo. Había perdido algo de peso, o a lo mejor este se había trasladado a su busto y cadera. En general, tenía menos vello: en el dorso de las
manos, en el pecho, en la barbilla... pero el de las piernas permanecía casi intacto. Su cuerpo había tomado forma femenina, pero no de revista. “La naturaleza no hizo a las mujeres así”, recordó que había dicho alguien de la familia en algún momento de su infancia.

Terminado el análisis, volvió a la habitación en busca de su teléfono móvil. En el camino tropezó con su gato, Rondel, que lo miró con superioridad (porque era un gato) y maulló agitando la cola con mal humor. Gerardo masculló una disculpa, lo cogió en brazos y echó mano de su móvil mientras Rondel le clavaba las uñas en el hombro.

Durante unos momentos recorrió todos los contactos del teléfono, pensando en quién sería la persona más indicada para plantearle la situación sin demasiado revuelo. Antes de darse cuenta ya había llamado.

– ¡Hombre, Gerardillo! ¿Qué tal?

Gerardo colgó tan pronto oyó la voz de su madre. No sabía cómo se oiría la suya, y no creía buena idea hablarle a su madre con una voz desconocida. Así que hizo un par de pruebas cantando trozos de canciones y se dio cuenta de que sí, su voz era más aguda. Y llamó a su hermana. Le salió el buzón de voz.
Gerardo resopló y tiró el teléfono encima de la cama. En ese momento le llegó un mensaje. De su hermana: “Estoy enclase. ¿Qué quieres?”. Gerardo empezó a contarle su despertar de esa mañana tecleando lo más rápido que podía. Beatriz debió tomárselo como una tontería de su hermano, lo cual era una suposición lógica, y muy probablemente apagó su móvil.

Desesperado, Gerardo decidió recurrir a la persona más confiable – a su juicio – después de su madre y Beatriz.

– ¿Gerardo?
– Abuelo.

Su abuelo escuchó todo lo que tenía que decir y cuando terminó su relato de la última media hora se echó a reír. Tal y como Gerardo había predicho.

– Si Gregor Samsa se hubiese despertado como tú – dijo –, dudo que ese libro se hubiera publicado.
– ¿Una mujer es peor que una cucaracha?
– Depende de a quién le preguntes. Yo me alegro de que seas mujer y no insecto.

Gerardo se animó después de hablar con él. Siempre había considerado a su abuelo un ejemplo a seguir. Estaba seguro de que en el mundo no había nadie que supiese más de la vida que ese hombre con aspecto de guerrero nórdico. Claro que es lo que se suele pensar de los abuelos, por lo menos al principio.

Los veinte minutos siguientes a la conversación telefónica los dedicó a jugar con su gato y a hacerle fotos, tarea importantísima que consumía gran parte de su tiempo cada día. Él habría seguido otros cuarenta o cincuenta minutos más si no hubiera oído el inconfundible sonido de cierta camioneta vieja debajo de su ventana.

Se puso una bata de cuadros que cogió del armario y abrió la puerta cuando su abuelo llamó al timbre. Venía con otro hombre, algo más joven y no tan grande, ambos cargados con enormes y pesadas cajas de cartón que dejaron en el suelo en cuanto Gerardo se hizo a un lado para dejarlos entrar.

– ¿Cómo está mi nieta favorita? – preguntó con el rostro enrojecido por el esfuerzo.

Francisco de Diego era un hombre de tamaño considerable, que a pesar de la edad seguía en buena forma y conservaba casi todo el pelo. Tenía una barba poblaba que irritó toda la piel del cuello a su nieto cuando le dio un abrazo y unos brazos que casi lo partieron por la mitad.

– Este es Luis – dijo señalando al que lo acompañaba, que saludó con un movimiento de cabeza –. Tenía en casa alguna ropa de su ex mujer y ha pensado que a lo mejor no tenías qué ponerte.
Gerardo dio las gracias al tal Luis, sin preguntarse en ningún momento de qué conocía a su abuelo ni por qué tenía tanta confianza con él como para darle la ropa de su ex mujer a un nieto ajeno que ni siquiera era consciente de su existencia. Tampoco se mostró sorprendido cuando su abuelo lo rodeó cariñosamente con el brazo mientras caminaban de vuelta al ascensor.

Cerró la puerta y observó durante largo tiempo las cajas de ropa que esperaban ser abiertas en la alfombra del recibidor. Los maullidos de Rondel precedieron su llegada por el pasillo y el gato empezó a restregarse ronroneando contra el borde de una de ellas.

Gerardo suspiró y abrió la caja, tomando la actitud de Rondel como un presagio de que allí había algo que merecía la pena.

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Después de haberse vestido con unos vaqueros y una camiseta de manga corta normal y corriente – y de haber descubierto que usaba la misma talla de sujetador que la ex mujer de Luis –, Gerardo decidió que había llegado el momento de salir a la calle.

Lo primero que hizo una vez fuera fue irse a comer un bocadillo a la hamburguesería en la que trabajaba uno de sus mejores amigos, que seguía siendo su persona de mayor confianza – fuera de la familia – a pesar del incidente del día anterior.

Apenas se había sentado en una de las mesas de la terraza cuando salió a atenderle, con el polo rosa del uniforme y la gorra a juego.

– Hola, guapa, ¿qué vas a tomar?

Gerardo lo miró y suspiró con cansancio. Ya habían tenido un montón de veces aquella conversación.

– Ya deberías saber – le dijo – que las personas necesitan respirar entre que se sientan y deciden qué pedir. Pero quiero un bocadillo de tortilla con beicon, como siempre, y de beber, un refresco de limón.

Pablo se lo quedó mirando estupefacto, sin comprender por qué aquella chica que veía por primera vez en su vida le hablaba como si lo conociese de toda la vida. Asintió con la cabeza y se fue, sin siquiera haber apuntado el pedido en la libreta. Aunque tampoco hacía falta, pues las palabras de aquel ser tan maravilloso a sus ojos habían quedado grabadas en su mente.

Gerardo tardó un poco en intuir el por qué de aquella reacción tan densa por parte de su amigo. Después cayó en la cuenta de que su cuerpo ya no era su cuerpo y siguió sin acabar de comprenderlo. Entonces recordó una noticia que había leído no hacía mucho sobre un estudio psicológico que demostraba que los hombres tendían a comportarse de forma más ilógica cuando había mujeres delante. En aquel momento le había parecido una soberana tontería.

Le llevaron el refresco y, mientras esperaba por su bocadillo, se le ocurrió que podría ser interesante ver cómo se comportaban en general los hombres de su círculo ante el nuevo Gerardo. Pero a Pablo lo necesitaba. Aquel chico del que no se había separado desde parvulitos no iba a fallarle ahora.

Al acabar de comer decidió hacer algo con sus piernas mientras el turno de Pablo no acababa y se metió en un salón de estética cercano. Sólo había entrado a preguntar, pero resultó que no había más clientela en aquel momento e insistieron en atenderlo al instante.

Lo mandaron quitarse los pantalones y tumbarse en una camilla. Gerardo había entrado un poco asustado, pero se había tranquilizado un poco pensando que todas las chicas hacían aquello, no podía ser tan malo. Cuando le quitaron la primera banda de cera de la pantorrilla, tuvo claro que no iba a pasar por eso nunca más.

Esa tarde no fue a ver a Pablo. Tras salir de nuevo a la calle, con una desquiciante sensación de hormigueo en las piernas y con la tela de los vaqueros rozando su piel maltratada y enrojecida, quiso volver a casa y meterse de cintura para abajo en agua fría durante mucho, mucho tiempo.

En la esquina de la calle en la que vivía había un bar. Nunca le había prestado demasiada atención, pero esa tarde no pudo ignorarlo. En la puerta, cerveza en mano, había tres hombres de entre treinta y cuarenta años. Uno de ellos, el calvo, miró a Gerardo de arriba abajo y le dio con el codo a uno de los que tenía al lado. El otro silbó. Gerardo no daba crédito.

– Eh, guapa, ¿eres de por aquí?

Era la segunda vez en menos de tres horas que se referían a él con la palabra “guapa”. Si le hubieran preguntado el día anterior si consideraba ofensivo ese tipo de comportamiento él hubiese dicho que no. Pero después de ver la forma en que lo miraban aquellos tres se sintió asqueado. No era un halago, ni un cumplido, ni un intento por hacer que se sintiera mejor consigo mismo.

– ¿Cómo te llamas?
Gerardo los miró con desdén y siguió caminando con paso firme hacia su casa, mientras ellos seguían mirándolo y riéndose. “Cuidado, igual es una feminazi”, oyó que decía uno entre carcajadas. Obviamente no habían intentado elogiarlo en ningún momento.

En cuanto llegó a casa lo primero que hizo fue quitarse los pantalones, suspirando con alivio cuando el aire acarició sus hinchadas e irritadas piernas. Después se deshizo de la camiseta y del maldito sostén, que pese a no estar muy
apretado le oprimía el pecho y lo hacía sentirse falto de libertad.

Se puso una camiseta vieja suya, con olor a Gerardo, y llenó la bañera lo justo y necesario para que le cubriera las piernas. Antes de entrar en el agua dio de comer a Rondel y aprovechó para coger una tableta de chocolate que tenía guardada.

Y una vez en la bañera, con el chocolate en la mano, el pelo recogido con una pinza y la camiseta de Transportes Montoya levemente metida en el agua, decidió que ya no iba a ser más Gerardo. Iba a llamarse Frida, o tal vez Virginia, o quizá adoptaría el nombre de alguna de aquellas mujeres que había estudiado en clase y cuya lucha había menospreciado porque según su visión del mundo todo era bonito y maravilloso.

Hasta el día anterior había considerado normal y aceptable todo lo que él acababa de vivir, y a pesar de que ni siquiera llevaba un día entero en un cuerpo de mujer, ya sentía una enorme brecha. Porque él mismo había colaborado manteniéndola abierta. Había permanecido indiferente ante una situación continua de humillación de la mujer como alimento de la dignidad del hombre. Había asimilado completamente el hecho de las mujeres no tuvieran vello corporal,pese a que sí lo tenían y se veían obligadas por un ente invisible a hacerlo desaparecer para resultar atractivas, y no a ellas mismas precisamente. Había estado de acuerdo con que tres hombres en un bar pudieran utilizar el paso momentáneo de una desconocida frente a ellos como un entretenimiento, como si el hecho de que ella entrase en su campo visual les otorgara un derecho divino a decirle lo que les viniera en gana.

Desde el principio había mostrado su apoyo al sistema permitiendo que se considerara a las mujeres meros objetos de consumo por la simple razón de que él no sabía lo que era ser cosificado. Y pese a que sólo se había sentido denigrado hacía unas pocas horas, sentía miedo y angustia al imaginar todas las injusticias que el patriarcado capitalista le había podido ocultar a un hombre blanco heterosexual y que ahora sería libre de hacerle explotar en plena cara.

Pero el silencio lo había hecho cómplice. Así que ahora le tocaba redimirse.


- FIN -
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