viernes, 23 de diciembre de 2016

#YoManchoYQué

Me he levantado esta mañana y me he encontrado un pequeño rastro de color rojo oscuro manchando la sábana. Con la mente confusa, puesto que acababa de despertar, tardé en llegar a la conclusión de que aquello era sangre. Entonces el poco ánimo con el que contaba decayó y no pude hacer más que mascullar una palabra no demasiado bonita que prefiero omitir.

Me puse en pie con desgana, sabiendo que no me quedaba más remedio que salir de la cama a pesar del frío que acechaba al otro lado del edredón, y un horrible y agudo dolor me recorrió desde las rodillas hasta la espina dorsal, haciéndose especialmente insoportable en la zona lumbar, núcleo del sufrimiento.

Ese primer recorrido desde la cama hasta el cuarto de baño fue una espantosa pesadilla en la que la distancia parecía no disminuir nunca y en la que el dolor se hacía más punzante a cada paso. Apretando la mandíbula y presionando mi vientre con el antebrazo izquierdo en un intento inútil de reprimir las ondas de agonía que ralentizaban y entorpecían mi cuerpo, conseguí al fin llegar a mi destino.

Preferiría no tener que narrar el momento en el quise bajarme los pantalones de pijama y resultaron estar pegados a mis muslos. Pero ahora ya está. Me senté en la taza del inodoro y jadeé y gemí de dolor mientras sentía bajar los coágulos de sangre y los trozos de endometrio y los oía caer en el agua.

Envolví mi mano en papel higiénico y me limpié; no fue suficiente papel y me manché parte del dorso de la mano, así como los dedos y las uñas. Me levanté del váter, tiré de la cadena con la mano limpia, me lavé las manos y volviendo a presionar mi vientre, ahora con ambos antebrazos, hice el camino de vuelta a la habitación.

Este último párrafo me llevó aproximadamente el mismo tiempo que los cuatro anteriores juntos.

Temblando por la temperatura anormal de mi dormitorio, el cuarto más frío y húmedo de toda la casa, me cambié las bragas y los pantalones de pijama por otras bragas y pantalones de pijama limpios y me puse una compresa de noche – a pesar de que era de día -- extra grande y extra gruesa con extra de absorción, sabiendo que era inútil y que tardaría como mucho tres horas en salirme por fuera y tener que cambiarme de bragas, pantalones y compresa otra vez.

Entonces fui a la cocina, el segundo cuarto más frío y húmedo de la casa, y me preparé un café con leche y magdalenas que disfruté malamente haciendo intermedios para llorar al lado de la estufa del salón. Entonces volví a la cocina, abrí el grifo del fregadero, llené medio vaso de agua helada y eché dentro un sobre de Ibuprofeno.

Me gustaría poder decir que el Ibuprofeno alivió mi dolor aunque fuera solo un poco. No fue así. El primer día es el más fácil. Aún me quedan cinco – 120 horas – de sufrimiento. A lo mejor ocho.

Estoy harta de tener que sufrir en silencio porque la menstruación sigue siendo un tabú. Estoy harta de que se achaque el mal humor de una mujer a su menstruación y estoy harta de no poder estar de mal humor cuando el dolor no me deja moverme – no es exactamente el momento más feliz de mi vida. No es la menstruación lo único que duele y no todas sufren cuando menstrúan. Y el hecho de suponer que una mujer está menstruando sólo porque está de mal humor suele contribuir a él.

Así que, por favor, gente que no menstrúa, dejad de ser tan gilipollas y daos un puñetazo en los genitales cada vez que tengáis ganas de hacer un chiste o un comentario ofensivo sobre algo de lo que no tenéis ni puta idea.

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